jueves, 16 de septiembre de 2010

Nelo y el hotelito

A Nelo no le gustó nada el hotelito. Cuando lo dejé volvió a emular a Sofia Loren con más empeño aún que cuando lo recogí para quedármelo. Se agarró a los barrotes de la suite (por cierto, de inferior categoría que la previamente contratada) y berreó como un carnero a punto de recibir la guillotina. La raja que me dejó en el ventrículo izquierdo no se ha cerrado ni siquiera ahora que estamos las tres (Nua, él y yo) plácidamente en mi estudio.
Mientras regresaba, en el avión, iba con el corazón encogido, y no por las turbulencias. Pensaba: ¿Cómo estará? ¿Habrá arremetido contra las paredes de la suite, a falta de otra cosa que morder? ¿Tendré que pagar un suplemento por destrozos? Y, segunda parte, ¿me castigará? A fin de aplacar posibles represalias, le compré una pelotita y me desahogué con la dependienta: que si es la primera vez que lo dejo en una residencia, que si se quedó llorando como una magdalena... etc.
-Pues, a lo mejor, hasta le viene bien -me dijo la señora-, porque tantos mimos y tantas fiestas al volver a casa, les crean mucha dependencia.
-No, si yo sigo a rajatabla las indicaciones del psicólogo -respondí-pero es que este tiene ansiedad por separación.
-¡Ah! -exclamó y vi como le cambiaba la cara.
Ya de vuelta a casa, lo he cogí en brazos (bueno, solo por las patas delanteras porque empieza a pesar mucho) le he dejado recostar la cabeza en mi hombro y le he dicho:
-Nelo, en esta vida nada es regalado. Tú vienes del arrabal más inhóspito de la ciudad, te abandonaron en un parque al que van yonquis y maleantes. Ahora vives en una casa con jardín y en zona rural. A cambio, de vez en cuando, tendrás que quedarte solo. No me parece un precio muy alto. ¡Por qué no lo aprovechas, so idiota!
Su única respuesta ha sido un suspiro.
En octubre lo vuelvo a dejar y, esta vez, para 12 días. No quiero ni pensar lo que sufriremos (tanto él como yo) En fin...
(continuará, espero)